domingo, 29 de junio de 2008

Origen de la tristeza y la alegría según Schopenhauer





Schopenhauer sostiene que en todos y cada uno de nosotros, está determinada de antemano la cantidad de dolor que hemos de soportar. Esta medida es invariable, aunque la forma del dolor pueda cambiar. La buena o mala fortuna que tenga un individuo, no le vendrá del exterior, sino que procederá de su propio interior, modificándose por su disposición física según sus distintas edades y sus diferentes circunstancias; pero en general será la misma siempre, sin dejar de estar en relación directa con su temperamento y con el grado de sensibilidad, ligera o fuerte, que posea.El sentimiento siempre está determinado a priori. La alegría o la tristeza nunca son producto de circunstancias exteriores, como lo serían la riqueza o la posición social. Esto se demuestra fácilmente en el hecho de que encontramos caras alegres tanto entre ricos como entre pobres, al igual que encontramos caras largas sin importar posición social o económica. También hay que destacar que los motivos de suicidio son diferentes según cada individuo; difícilmente podríamos encontrar una causa externa que necesariamente condujera al suicidio; éste siempre responde a causas internas sin importar determinantemente las circunstancias exteriores.El grado de alegría o de tristeza que un individuo padezca, se debe atribuir, no a cambios exteriores, sino más bien, al estado interior del hombre o a su disposición física.Schopenhauer considera la alegría un fin en sí misma. Siempre que estemos alegres, dice, no debemos reflexionar sobre si tenemos o no motivo para estarlo: estar alegre es motivo suficiente. La alegría siempre se debe preferir sobre cualquier otro bien; pero sin salud es difícil que la alegría se dé, así Schopenhauer recomienda buscar la salud.En el caso de la alegría, cuando la satisfacción va creciendo hasta convertirse en ésta, vemos que el cambio de satisfacción a alegría se da comúnmente sin necesitar de ningún motivo exterior. Sin embargo, nuestro dolor, muchas veces si es provocado por algún accidente exterior, siendo esto la principal causa de nuestra aflicción, ya que consideramos que de no haberse dado tal circunstancia particular, o si pudiéramos eliminar ese suceso, experimentaríamos gran alivio o nunca hubiéramos padecido tal dolor.El motivo exterior, la causa circunstancial de nuestra tristeza, no es más que un catalizador o un detonador que concentra el dolor correspondiente a nuestra naturaleza en torno a un suceso determinado, en lugar de que éste se manifieste bajo miles de formas pueriles. Así no le damos importancia a las muchas carencias que nos aquejan, sino sólo a una que nos roba toda la atención. Siempre hay una inquietud dominante que es la que nos agobia, y una vez que ésta es colmada o superada, llega a ocupar su puesto rector una que antes nos pasaba inadvertida.Por otro lado, la alegría excesiva si es producto de factores externos inciertos -equívocos, fugitivos, aleatorios- corresponde a la dicha que acompaña al conseguir algo, considerado por nosotros mismos, fuera de lo común; por ejemplo, sacarse la lotería. El dolor, que en cambio es esencial a la vida, depende de factores ajenos al individuo, y tarde o temprano se manifestará a propósito de la desaparición de la gran alegría que le precedía.Schopenhauer compara la gran alegría "a una montaña escarpada a la cual no se debe subir porque no hay modo de bajarla más que dejándose caer desde su cima (…)." "Las alegrías excesivas y los más vivos dolores se suelen encontrar en una misma persona, pues aquéllas y éstos se condicionan recíprocamente y tienen por condición común una gran vivacidad de espíritu." Por esta razón, él recomienda tratar de evitar siempre todo extremo, y nunca perder de vista los altibajos en la cadena de sucesos, para mantenernos en ecuanimidad y con ánimo sereno, y de esta forma, no hacer mayores nuestras aflicciones.

viernes, 27 de junio de 2008

6 poemas de Robinson Quintero Ossa

Elegía de humo

Se murió mi jíbaro
En una inesperada maniobra
del tiempo y sus censuras
se murió mi jíbaro
Él -tan acostumbrado a dar resurrecciones-

Todo va y viene
todo va y viene
No pediré disculpas por sus actos
Se murió mi médico
mi músico mi mago

¿Dónde puedo encontrarlo?
¿No dejó para mí
un paquete de fuerzas
una chispa de algo?
¿Se me fumó todo el cielo?

Si hay otro más allá
-si lo necesito entonces-
¿en qué postigo debo tocar?
Si en ese más allá
también se fuman los sueños



Sin amor

Camino por los baldíos de la ciudad
me complazco con el ruido de las hojas
silbo a los pájaros
espanto a las palomas

Sin amor canto en medio del mundo como en el centro
de un solar antiguo
traigo otra vez a casa mis afanes
miro desde mi ventana las horas
permanezco
persevero
doy de comer a las palabras



Autorretrato

El lápiz del poeta se asoma
por el bolsillo roto

Viene de las calles
de la lluvia
y espera

Se cuelga de la chaqueta raída
y está listo para el canto

¿Cuánto tiempo más
seguirá vagando
sin gorjeo?

Ocioso
y gastado
asoma su punta

Mira el día gris
sin canciones



Casa

Los que saltan de espejismo en espejismo
lo saben

Muchas cosas pueden abundar
otras faltar:
de sólo palabras no se hace
el poema

Caminar es ya tener una casa
Escribir es ya tener una casa

Dioses y adioses son los días
y para pocos son visibles




Rutas

Los pensamientos del chofer
mientras gira silencioso
con el volante el mundo
¿Qué bulle en ese solitario corredor de fondo
entretanto pasan árboles
precipicios
y sombras?
Mientras los pasajeros cabecean el sueño
¿qué le entretiene
y le mantiene despierto?
¿Cuántos pensamientos son dolores
cuántos alegrías
y cuáles sueños?
El bus sigue la ruta
Pero ellos
¿qué rumbos llevan?
CARNICERO


Fue el oficio de mi abuelo Trajinaba el día
entre moscas
y reses descuartizadas
con las manos empapadas en sangre

Mis ojos de niño se acostumbraron pronto
a mirar sin repulsión sus cuchillos
afilados
y su bata manchada por el uso

El ducho carnicero de pueblo lo hacía bien

Sin importarle su apariencia
ofensiva
e impura
prefería bromear mientras servía con gusto

Y en hojas jóvenes de plátano envolvía la venta con esmero
como si en vez de lonjas al por menor
ofreciera
robustas primicias de un dios

Robinson Quintero Ossa nació en Caramanta, Antioquia, Colombia en 1959. Es licenciado en Comunicación y Periodismo de la Universidad Externado de Colombia.

miércoles, 25 de junio de 2008

adagia. Wallace Stevens



La ética no es parte más importante de la poesía que de la pintura.


No hay diferencia entre dios y su templo.


El dinero es una clase de poesía.


El poeta es un dios, o el joven poeta es un dios. El poeta viejo es un vagabundo.


Toda la inercia de la mente está dirigida a la abstracción.


Un nuevo significado es el equivalente de una nueva palabra.


La poesía incrementa el sentimiento de lo real.


Todas nuestras ideas provienen del mundo natural: árboles = paraguas.


El sentimentalismo es un fracaso del sentimiento.


Un cambio de estilo es un cambio de tema.

jueves, 19 de junio de 2008

Aforismos de Jean Cocteau


Hay un tiempo para burlarnos y otro para que se burlen de nosotros, como hay un tiempo para beber cocktails y otro para vomitarlos.


La poesía es una partida de cartas ejecutada por el alma. Reside en las rupturas de equilibrio y en la divinidad de los juegos de palabras.


Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin ayuda del diablo.


Un egoísta es aquel sujeto que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti.


Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentiras a medias, de ningún modo es una media verdad.


Mi pesimismo no es sino una variedad del optimismo.


Los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver una imagen.


Su corazón de diamante no reaccionaba al menor contacto, sino que necesitaba fuego y otros diamantes.


Me da la sensación de haber muerto y de que mis amigos han organizado una exposición retrospectiva en recuerdo mío.


Una escuela poética es un hospital.


Lo que digan los enemigos no me importa, y en cuanto a las estatuas, todas me saludan con familiaridad.

martes, 17 de junio de 2008

Un filósofo con placa de carro




Gonzalo Arango, el de Andes

Por Jaime Jaramillo Escobar / X-504

En 1931 nació un precioso niño en el hogar formado por Don Francisco Arango y Doña Magdalena Arias. Lo mecieron en su cunita. Le dieron biberón.
Nadie... sospechaba... nada.
Lo conocí en 1946. Era entonces un chico de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No servía para jugar al fútbol.
Le gustaba mucho quedarse haraganeando en el río, disputándole las guayabas a los pájaros, leyendo a Platón. Le reproché porque no iba a clase. Me contestó: ¡Vos sos pendejo! Platón es mucho mejor maestro que Don Sofonías Arcila.
Me dolió por Don Sofonías. Me gustaba más el nombre de Sofonías que el de Platón, que parecía un apodo; y además Don Sofonías era el profesor de ciencias naturales, mi materia preferida. Hacer herbarios, embalsamar animales: no hay una cosa más linda en la vida. Empecé a cogerle fastidio al tal Platón.
Nos hicimos muy amigos, Gonzalo y yo. Ustedes saben cómo es cuando dos chicos en el colegio se hacen amigos: los profesores creen que son maricas. Si no fuera por los profesores, los muchachos podrían ser felices.
En ese tiempo la filosofía estaba de moda entre los estudiantes del Liceo Juan de Dios Uribe, en Andes, a la orilla del torrentoso río San Juan, que se ha tragado carros con toda la gente adentro; y se cansan de buscar a los ahogados, y no los encuentran sino cuando ya van llegando al río Cauca, con ese modo de nadar, tan calmado e indiferente, que tienen los ahogados.
Y además de la filosofía, también estaba de moda entre nosotros la oratoria, y los más aficionados se iban a gritar improvisados discursos al río, y yo sé que el río los grabó, pero se los llevó hasta el mar, y ahora esos discursos andarán asustando a la gente en el mar.
Porque entre ellos estaban los de Luis Aníbal Tascón, un indígena que llegó a ser abogado para defender a su tribu, y entonces lo asesinaron; y estaban los de Gonzalo Arango, que quería ser orador y filósofo, y muchas otras cosas, algunas de las cuales eran incompatibles entre sí, por lo cual tuvo que escoger, y escogió, y no sabíamos que el escogido era él.
Yo cursaba primero de bachillerato, Gonzalo el segundo, pues él en ese entonces iba delante de mí, y ahora yo voy detrás de él.
Procuraba siempre apartarse a leer, y construyó un refugio en el solar de su casa, con ayuda de Bernardo Salazar, un compañero de Betulia, interno como yo. Los sábados y los domingos iban a trabajar. Pusieron piso de tablas, y paredes de tablas, y las ventanas no las pusieron de nada, sino de ventana, con un techo, para que, si llovía, la lluvia pudiera hacer ese ruidito tan sabroso que a la lluvia le gusta hacer en los techos de las casas para que la gente que está debajo se quede quieta y empiece a bostezar y se vaya durmiendo con un libro en la mano.
Bernardo Salazar fue después maestro de escuela. Tenía que ser maestro de escuela, porque era un muchacho muy pobre. Una vez fui a su casa. Una vez nada más, porque quedaba algo lejos. Esa vez que fui a su casa, lo hice solamente para conocer y saludar de mano a su madre y a su hermana. Vivían tan solitas las dos, que únicamente las acompañaba el tiempo con sus horas, sus minutos y sus segundos, en un ranchito muy flaco y con un perrito de esa raza que llaman famélica, o latinoamericana, que si no lo cogí fue porque no se podía coger, perrito inasible, con sus ladridos de bienvenida, ladridos inaudibles, como tantos perritos de las gentes pobres, que casi no tienen perrito.
Aquel ranchito, en las afueras de Betulia, era un ranchito de paja con un patio muy barrido, donde brillaban las rosas más lindas del mundo, pero eran unas rosas chiquiticas, como la pobreza que tenía sitiado aquel ranchito.
Para llegar allí, yo había tenido que ir desde Andes a Bolombolo en bus, y mirar un rato bien largo el río Cauca, para que no se me olvidara cómo era aquel río, y después había tenido que ir por otra carretera y pasar por Concordia y llegar a Betulia al día siguiente, porque había habido derrumbe y no había quedado paso y ya estaba muy oscuro con la lluvia que caía.
Y al rato de haber llegado nos sirvieron la comida, a mí y al perrito. No había más comida que ésa, pero no era gente de limosna. Antes en Antioquia la gente era así. Los limosneros vinieron después. A los limosneros los produce la riqueza. Mientras más limosneros hay, más rico es el país. Y los Estados Unidos deben ser un país muy pobre, porque allá nadie tiene una moneda para dar. Si te la dan, te cobran intereses.
La mamá y la hermana de Bernardo Salazar eran tan pobres que permanecían sentadas todo el tiempo, así como uno se imagina que se deben mantener los ricos. Después es que uno llega a saber que los ricos trabajan sin respiro día y noche, para que los pobres puedan mantenerse allí sentaditos.
Aquel refugio que Gonzalo construyó en el patio de su casa pasó a llamarse la isla, y Gonzalo y yo tuvimos desde entonces la obsesión por la isla. Como nunca pudimos tener esa isla, terminamos construyéndola dentro de nosotros mismos, y esa fue la razón por la que más tarde Gonzalo se apasionó por San Andrés y Providencia, y allá encontró a Angelita, que lo estaba esperando desde 1946, o quizá desde antes, desde el comienzo del mundo.
Como nadie sabe el modo en que las cosas se entrelazan acá en la tierra, Gonzalo le transmitiría mucho después a Simón González Restrepo aquella idea de la isla, y por eso Simón fue a parar a San Andrés, y San Andrés tuvo un buen gobernador por primer vez en toda su historia.
Como yo tenía un periódico, convencí a Gonzalo de que escribiera un artículo, y lo escribió sobre El Quijote, en el cuarto centenario de Cervantes. Ese es el primer artículo que Gonzalo escribe, sin saber que después iría a parecerse un poco al Quijote, porque así es el modo que las cosas tienen de entrelazarse en este mundo.
También organizamos un centro literario, el Centro Indio Uribe, que era más o menos como los talleres de hoy.
Después al colegio le cambiaron la teja de barro cocido por páginas de Eternit y dejaron sembrar casas en los terrenos a su alrededor. Pero en los años cuarenta era un bello e imponente edificio solitario en un recodo del río, sobre una breve meseta. A su frente estaba el campo de fútbol, presidido por el busto del Indio Uribe.
Una mañana encontramos con sorpresa que durante la noche unas fuerzas que no sospechábamos, pero que debían ser las más negras y sangrientas de la historia, habían derribado el busto y le habían separado la cabeza. Era 1948. Empezaba la violencia en Colombia.
Por eso, una novela de Amílcar Osorio acerca de aquella época se titula "La ejecución de la estatua", novela inédita, como la mayor parte de la obra nadaísta, que a pesar de estar inédita tanto ha influido en la nueva literatura colombiana, desde sus solos títulos: "Súbete en todo mí", o "La frente cubierta por el cabello", son títulos que por sí solos transforman una literatura. La obra poética de Amílcar U., o la de Darío Lemos, tuvieron reconocida influencia en la poesía joven, aún sin haber sido publicadas en libro. Y el que más libros ha publicado, Eduardo Escobar, que ha publicado trece, los sigue considerando inéditos, con toda la razón. En 1970 Amílcar Osorio escribe: "Hace doce años que Eduardo Escobar es el mejor poeta de Colombia y poca gente lo sabe".
En 1948, Gonzalo viaja a terminar el bachillerato en el Liceo Antioqueño. Cuando lo vuelvo a ver es redactor de la revista de la Universidad y secretario de la biblioteca y me deja leer los libros que se encuentran prohibidos, en una sala llamada "el infierno", de donde saco algo chamuscado a Thomas Mann, a Hermann Hesse, y a muchos otros grandes maestros que Abel Naranjo Villegas tenía condenados allí.
Muy pronto Gonzalo renunció a la Universidad, porque dijo que lo querían graduar de imbécil, y se retiró a una casita de campo de donde sacaba bultos de naranjas que vendía él mismo en l aplaza de mercado para poder comprarle papel y cinta a su devoradora máquina de escribir, esa máquina de Gonzalo que masticaba cintas sin parar. Escribió "Después del hombre" y "Adiós al paraíso", novelas que no se publicaron, pero otros aprovecharían sus títulos.
Poco a poco se fue volviendo agresivo y sombrío, y una noche que me lo encontré en la plazuela Nutibara estaba completamente transformado. Se subió en una banca, gritó como un poseso: - ¡Yo soy Dios! ¡Huíd de mí! - y salió corriendo, o volando, no lo pude ver bien.
En 1958 Gonzalo fue a Cali para fundar el Nadaísmo vallecaucano, que resultó ser distinto del Nadaísmo antioqueño, porque el Nadaísmo antioqueño no conoció el humor. Después de una de esas conferencias iniciales que se convertían en casos de orden público, con cargas de caballería, nos encontramos en un café de la calle doce, y allí conocí a Jotamario. Era un chico de aspecto delicado, aparentemente inofensivo, con un libro en la mano.
Nadie... sospechaba... nada.

lunes, 16 de junio de 2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Cartas de amor a Nora Barnacle. James Joyce




***
Mi querida niñita de las monjas: hay algún estrella muy cerca de la tierra, pues sigo presa de un ataque de deseo febril y animal. Hoy a menudo me detenía bruscamente en la calle con una exclamación, siempre que pensaba en las cartas que te escribí anoche y antenoche. Deben haber parecido horribles a la fría luz del día. Tal vez te haya desagradado su grosería. Sé que eres una persona mucho más fina que tu extraño amante y, aunque fuiste tu misma, tu, niñita calentona, la que escribió primero para decirme que estabas impaciente porque te culiara, aún así supongo que la salvaje suciedad y obscenidad de mi respuesta ha superado todos los límites del recato. Cuando he recibido tu carta urgente esta mañana y he visto lo cariñosa que eres con tu despreciable Jim, me he sentido avergonzado de lo que escribí. Sin embargo, ahora la noche, la secreta y pecaminosa noche, ha caído de nuevo sobre el mundo y vuelvo a estar solo escribiéndote y tu carta vuelve a estar plegada delante de mí sobre la mesa. No me pidas que me vaya a la cama, querida. Déjame escribirte, querida. Como sabes queridísima, nunca uso palabras obscenas al hablar. Nunca me has oído, ¿verdad?, pronunciar una palabra impropia delante otras personas. Cuando los hombres de aquí cuentan delante de mí historias sucias o lascivas, apenas sonrío. Y, sin embargo, tu sabes convertirme en una bestia. Fuiste tu misma, tu, quien me deslizaste la mano dentro de los pantalones y me apartaste suavemente la camisa y me tocaste la pinga con tus largos y cosquilleantes dedos y poco a poco la cogiste entera, gorda y tiesa como estaba, con la mano y me hiciste una paja despacio hasta que me vine entre tus dedos, sin dejar de inclinarte sobre mí, ni de mirarme con tus ojos tranquilos y de santa. También fueron tus labios los primeros que pronunciaron una palabra obscena. Recuerdo muy bien aquella noche en la cama en Pola. Cansada de yacer debajo de un hombre, una noche te rasgaste el camisón con violencia y te subiste encima para cabalgarme desnuda. Te metiste la pinga en el coño y empezaste a cabalgarme para arriba y para abajo. Tal vez yo no estuviera suficientemente arrecho, pues recuerdo que te inclinaste hacia mi cara y murmuraste con ternura: "¡Fuck me, darling!" Nora querida, me moría todo el día por hacerte uno o dos preguntas. Permítemelo, querida, pues yo te he contado todo lo que he hecho en mi vida; así, que puedo preguntarte, a mi vez. No sé si las contestarás. Cuándo esa persona cuyo corazón deseo vehementemente detener con el tiro de un revólver te metió la mano o las manos bajo las faldas, ¿se limitó a hacerte cosquillas por fuera o te metió el dedo o los dedos? Si lo hizo, ¿subieron lo suficiente como para tocar ese gallito que tienes en el extremo del coño? ¿Te tocó por detrás? ¿Estuvo haciéndote cosquillas mucho tiempo y te viniste? ¿Te pidió que lo tocaras y lo hiciste? Sino lo tocaste, ¿se vino sobre ti y lo sentiste? Otras pregunta, Nora. Sé que fui el primer hombre que te folló, pero, ¿te masturbó un hombre alguna vez? ¿Lo hizo alguna vez aquel muchacho que te gustaba? Dímelo ahora, Nora, responde a la verdad con la verdad y a la sinceridad con la sinceridad. Cuando estabas con él de noche en la oscuridad de noche, ¿no desabrocharon nunca, nunca, tus dedos sus pantalones ni se deslizaron dentro como ratones? ¿Le hiciste una paja alguna vez, querida, dime la verdad, a él o a cualquier otro? ¿No sentiste nunca, nunca, nunca la pinga de un hombre o de un muchacho en tus dedos hasta que me desabrochaste el pantalón a mí? Si no estás ofendida, no temas decirme la verdad. Querida, querida esta noche tengo un deseo tan salvaje de tu cuerpo que, si estuvieras aquí a mi lado y aún cuando me dijeras con tus propios labios que la mitad de los patanes pelirrojos de la región de Galway te echaron un polvo antes que yo, aún así correría hasta ti muerto de deseo. Dios Todopoderoso, ¿qué clase de lenguaje es este que estoy escribiendo a mi orgullosa reina de ojos azules? ¿Se negará a contestar a mis groseras e insultantes preguntas? Sé que me arriesgo mucho al escribir así, pero, si me ama, sentirá que estoy loco de deseo y que debo contarle todo. Cielo, contéstame. Aun cundo me entere de que tu también habías pecado, tal vez me sentiría todavía más unido a ti. De todos modos, te amo. Te he escrito y dicho cosas que mi orgullo nunca me permitiría decir de nuevo a ninguna mujer. Mi querida Nora, estoy jadeando de ansia por recibir tus respuestas a estas sucias cartas mías. Te escribo a las claras, porque ahora siento que puedo cumplir mi palabra contigo. No te enfades, querida, querida, Nora, mi florecilla silvestre de los setos. Amo tu cuerpo, lo añora, sueño con él. Háblenme queridos labios que he besado con lágrimas. Si estas porquerías que he escrito te ofenden, hazme recuperar el juicio otra vez con un latigazo, como has hecho antes. ¡Qué Dios me ayude! Te amo Nora, y parece que también esto es parte de mi amor. ¡Perdóname! ¡Perdóname!
***

Mi Dulce y pícara putita, aquí te mando otro billete para que te compres calzones o medias o ligas. Compra calzones de puta, amor, y no dejes de rociarlos con un perfume agradable y también descolorealos un poquito por detrás. Pareces inquieta por saber que acogida dí a tu carta, que, según dices, es peor que la mia. ¿Cómo que es peor que la mía, amor ? Sí, es peor en una o dos cosas. Me refiero a la parte en que dice lo que vas a hecer con la lengua (no me refiero a chuparmela) y a esa encantadora palabra que escribes con tan grandes letras y subrayas, bribonzuela. Es emocionante oír esa palabra ( y una o dos más que no has escrito) En los labios de una muchacha. Pero me gustaría que hablaras de ti y no de mi. Escríbeme una carta muy larga, llena de esas otras cosas, sobre ti, querida. Ahora ya sabes como ponerme arrecho. Cuentame hasta las cosas más mínimas sobre ti, con tal de que sean obsenas y secretas y sucias. No escribas más. Qué todas las frases estén llenas de palabras y soniods indecentes e impúdicos. Es encantador oirlos e incluso verlos en el papel, pero los más indecentes son los más bellos. Las dos partes de tu cuerpo que hacen cosas sucias son las más deliciosas para mi. Prefiero tu culo, querida, a tus tetas porque hace esa cosa sucia. Amo tu coño no tanto por que sea la parte que jodo cuanto porque hace otra cosa sucia. Podría quedarme tumbado todo el día mirando la palabra divina que escribiste y lo que dijiste que harías con la lengua. Me gustaría poder oír tus labios soltando entre chisporroteos esas palabras celestiales, excitantes, sucias, ver tu cuerpo sonidos y ruidos indecentes, sentir tu cuerpo retorciendose debajo de mi, oír y oler los sucios y sonoros pedos de niñas haciendo pop pop al salir de tu bonito culo de niña desnudo y follar, follar, follar y follar el coño me mi pícara y arrecha putita eternamente. Ahora estoy contento, porque mi putita me dice que le dé por el culo y que la folle por la boca y quiere desabrocharme y sacarme el cimbel y chuparlo como un pezón. Más cosas y más indecentes que estas quiere hacer, mi pequeña y desnuda folladora, mi pícara y serpeante pequeña culiadora, mi dulce e indecente pedorrita. Buenas noches, putita mía, voy a tumbarme y a cascarmela hasta que me venga. Escribe más cosas y más indecentes, querida. Hasta cosquillas en el mondonguito, mietras escribes para que te haga decir cosas cada vez peores. Escribe las palabras indecentes con grandes letras y subráyalas y bésalas y restriégatelas un momento por tu dulce y caliente coño, querida, y también levántate las faldas un momento y restriégatelas por tu querido culito pedorro. Has más cosas así, si quieres, y después envíame la carta, mi querida putita de culo marrón.