miércoles, 12 de abril de 2017

La Mujer Que Bota Fuego - Manuel Medrano

domingo, 9 de abril de 2017



” Imaginemos a un pajarillo: por ejemplo, una golondrina enamorada de una jovencita. La golondrina podría, por lo tanto, conocer a la muchacha (por ser diferente a todas las demás), pero la joven no podría distinguir a la golondrina entre cien mil. Imaginad su tormento cuando, a su retorno en primavera, ella dijera: Soy yo, y la joven le respondiera: No puedo reconocerte. En efecto, la golondrina carece de individualidad. De ahí se deduce que la individualidad es el presupuesto básico para amar, la diferencia de la distinción. De ahí se deduce también que la mayoría no puede amar de veras, porque la diferencia de sus propias individualidades es demasiado insignificante. Cuanto mayor es la diferencia, mayor es la individualidad, mayores son los caracteres distintivos y mayores los rasgos reconocibles.”

( “Diario íntimo”, fragmento)
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” (…) Desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera desesperación; es su comienzo; se incuba, como dicen los médicos de una enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo. Observad a una muchacha desesperada de amor, es decir de la pérdida de su amigo, muerto o esfumado. Esta pérdida no es desesperación declarada, sino que ella desespera de sí misma. Ese yo, del cual se habría librado, que ella habría perdido del modo más delicioso si se hubiese convertido en bien del «otro», ahora hace su pesadumbre, puesto que debe ser su yo sin el «otro». Ese yo que habría sido su tesoro -y por lo demás también, en otro sentido, habría estado desesperado- ahora le resulta un vacío abominable, cuando el «otro» está muerto, o como una repugnancia, puesto que le recuerda el abandono.
Tratad, pues, de decirle: «Hija mía, te destruyes», y escucharéis su respuesta: «¡Ay, no!
Precisamente mi dolor está en que no puedo conseguirlo.”

(“Tratado de la desesperación”, fragmento)

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” (…) Cuando dos seres vivos se unen amorosamente, el uno mantiene al otro unido y la unión misma los sostiene a ambos. Mas con el muerto es imposible toda unión. En los primeros días después de su muerte quizá pueda afirmarse todavía que el muerto le sostiene a uno -es como una consecuencia de la unión habida durante la vida- y por eso suele ser lo más frecuente, lo general, que todavía se le recuerde también mucho en esos primeros días. Pero con el transcurso de los días el muerto va dejando de sostener al vivo ; y, naturalmente, la relación cesa, a no ser que el vivo siga sosteniendo al muerto en su memoria. Y ¿qué es la fidelidad? ¿Es acaso fidelidad que otro le sostenga a uno?
Cuando la muerte, pues, separa a dos seres, el sobreviviente fiel hace hincapié en los primeros momentos de la separación en “que él no olvidará al muerto jamás”. ¡Qué imprudencia tan grande ! Pues un muerto es en cierto sentido una persona muy astuta, y por eso es necesaria mucha prudencia para hablar con él; claro que su astucia no es como la de aquel de quien se dice : “¡mal te verás para hallarlo dónde le dejaste! “, sino que la astucia del muerto consiste cabalmente en que por nada se le pueda apartar de allí dónde se le dejó.”


( Fragmento de”Recordar a los difuntos” incluido en “Las obras del amor”)

domingo, 2 de abril de 2017

domingo, 19 de marzo de 2017

Antonio Gamoneda (Oviedo, España – 1931)





Después de veinte años


Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa,
me cogía la cabeza mi madre entre sus manos.
Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra y los gritos
de mis camaradas en el soto y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.
A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.
Ya salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.
 Esto no es justo, aunque era hermoso ir por las calles
 y escuchar mis pasos y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.
Entraba en el trabajo. La oficina olía mal y daba pena.
 Luego llegaban la mujeres. Se ponían A fregar en silencio.
Veinte años. He sido escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé que algo más grande
y más real que yo hay en mí, va en mis huesos:
tierra incansable, firma la paz que sabes. Danos nuestra existencia

a nosotros mismos.

miércoles, 15 de marzo de 2017

sábado, 11 de marzo de 2017

MANUEL ULACIA

                                                            (Manuel Altolaguirre y Manuel Ulacia)

Quería construir una gran catedral de piedra y cemento como le habían enseñado en la Universidad Autónoma de México, donde se graduó de arquitecto. Las iglesias le atraían y cada vez que entraba a una, sentía la mística que allí se encerraba. Pero antes de lograrlo, las palabras levantaron bases más sólidas y comenzó a edificar ensayos y poemas. Al tiempo que hacía planos y diseñaba casas, recogía material para la revista poética y literaria El Zaguán, que fundó con otros compañeros en 1973. Recopilar material inédito de escritores consagrados como Vicente Aleixandre, Octavio Paz y Jorge Guillén para publicar junto a escritos de jóvenes poetas de su país, como él, resultaba a veces más entretenido que estudiar estructuras. Así como se trasnochaba puliendo una ventana, lo hacía esculpiendo alguna traducción de Ezra Pound o una adaptación de Gabriel Said.

Porque este mexicano de 39 años no pudo evitar la influencia de su abuelo, Manuel Altolaguirre, un español hijo de la generación del 27 y reconocido editor. Tampoco pudo y nunca quiso sacarle el quite a Luis Cernuda, el poeta español que vivió muchos años en su casa.
Los dos lo llevaron de la mano por el mundo de los libros. Su abuelo, a través de su biblioteca de más de cinco mil volúmenes, donde descubrió los clásicos de la literatura al tiempo que a los contemporáneos devoraba un libro por semana, y de los versos que le dictaba junto a las planas con las que aprendió a escribir.
Con Cernuda se paseó por el romaticismo y el surrealismo francés y por los autores ingleses.
Por eso a la Universidad de Yale en Estados Unidos llegó a hacer una maestría en letras hispanas, y Emir Rodríguez fue el guía con quien profundizó en la literatura americana, estadounidense y española. Y como para saldar una deuda de afecto, hizo su tesis de grado sobre Cernuda, que fue publicada luego con el título Luis Cernuda: escritura, cuerpo y deseo.
Definitivamente, el diploma de arquitecto quedó archivado, aunque su gusto por el arte salga a flote en algunos ensayos, cuando pasea por una ciudad o cuando escribe un poema. En Origami para un día de lluvia, hay algunas alusiones a la arquitectura, lo mismo que en otros libros de poemas como La materia como ofrenda y El río y la piedra, obras que mostró en el Primer Encuentro de Poesía Hispanoamericana y que lleva ahora a Manizales.

Noticia del 15 de agosto de 1992 (EL TIEMPO)