jueves, 22 de junio de 2017

Bomba Estéreo - Duele

Fragmento: Cien Años de Soledad




‘Esos gustos secretos, derrotados en otro tiempo por las naranjas con ruibarbo, estallaron en un anhelo irreprimible cuando empezó a llorar. Volvió a comer tierra. La primera vez lo hizo casi por curiosidad, segura de que el mal sabor sería el mejor remedio contra la tentación. Y en efecto no pudo soportar la tierra en la boca. Pero insistió, vencida por el ansia creciente, y poco a poco fue rescatando el apetito ancestral, el gusto de los minerales primarios, la satisfacción sin resquicios del alimento original. Se echaba puñados de tierra en los bolsillos, y los comía a granitos sin ser vista, con un confuso sentimiento de dicha y de rabia, mientras adiestraba a sus amigas en las puntadas más difíciles y conversaba de otros hombres que no merecían el sacrificio de que se comiera por ellos la cal de las paredes. Los puñados de tierra hacían menos remoto y más cierto al único hombre que merecía aquella degradación, como si el suelo que él pisaba con sus finas botas de charol en otro lugar del mundo, le transmitiera a ella el peso y la temperatura de su sangre en un sabor mineral que dejaba un rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón.’

martes, 20 de junio de 2017

jueves, 15 de junio de 2017

EL HUMO - Luis Tejada



Para vergüenza y confusión de algunos amigos míos, que sin razón o con razón han resuelto dejar de fumar, voy a escribir este pequeño elogio del tabaco. ¡Ojalá que mis palabras los aparten del peligroso camino del ascetismo, que haría de ellos al fin esa cosa monstruosa y horripilante que llaman “hombre ejemplar”!

Hay que desconfiar siempre un poco de toda persona que no fuma. ¡Qué otros tremendos vicios tendrá! Porque el tabaco es una delgada canal por donde salen y se dispersan en infinito nuestros instintos perversos. Fumando se torna el alma levemente cándida y azul como el humo ligero ¿Andáis buscando por todas partes con vuestra linterna al hombre bueno y feliz? Yo sé dónde lo encontraréis. Es aquél que está sentado en su habitación, frente a la ventana, al atardecer. Tiene la cabeza echada sobre el respaldo del amplio sillón frailuno. Las piernas estiradas y colocadas sobre un parapeto eminente. Mira caer la lluvia al través de los cristales pálidos. Fuma. De su boca, como de un pebetero hierático, asciende el humo en leves volutas, recto, grave y silencioso, adhiriéndose a las estrías del cielo raso, buscando los menudos promontorios de la madera para rodearlos, hundiéndose en los huequecillos y quedándose un instante prendido a los clavos solitarios, para difundirse al fin en la penumbra de los rincones. ¡Ah, os prometo que ese es el hombre bueno y feliz! Sus pensamientos serán puros y elevados, y su alma se habrá ablandado al influjo de aquella columna inefable que surge de su pecho en ondas tenues y aladas. Dios lo ve porque su humo sigue hacia lo alto como en el holocausto de Abel.

El tabaco tiene su santidad callada y emocionante. Es místico. Su alma será purificada por el fuego. La brasa encendida y misteriosa consumirá su carne y limpiará su espíritu. ¡Ay! ¡Esas filas de largos y ascéticos cigarros que veis encerrados en sus cajas herméticas, son mojes severos que van a su Tebaida! La hoja humilde, encierra, sin embargo, la esencia de las transformaciones supremas que elevan y dignifican la materia: se convertirá en ceniza blanca, símbolo de la muerte y de la evolución de la naturaleza hacia fines inconocibles; y se convertirá en humo azul, símbolo del espíritu alado que tiende hacia el espacio sin límites.

El tabaco es cordial, fraternal, sencillo. En las penosas horas de trabajo nocturno nos acompaña y nos conforta, porque posee una pequeña vida que Dios no concedió a las otras cosas inertes que nos rodean: los retratos mudos de los abuelos, las sillas tiesas sobres sus patas, los libros enfilados en el estante, el lecho solitario y blanco que descansa en una esquina. Nada se mueve, nada habla. Sólo el cigarro, colocado con la ceniza hacia arriba sobre el tintero, despide ligeras espirales móviles, inquietas, que nos hacen guiños minúsculos. Sabemos que algo palpita ahí, que una diminuta alma encendida se consume junto a nosotros y pasará. ¡Pero esos retratos no pasan nunca y esas sillas estarán siempre ahí! Este medio cigarro que nace y muere, y es efímero, está más cerca de nosotros que todo aquello eterno. Es un resumen infinito de nuestra vida. Por eso nos consuela y nos acompaña.

No fuméis, amigos míos. Pero ¡oh! Cuán angustiosa y demasiado sola será vuestra soledad.


Soy Peor - Bad Bunny

viernes, 9 de junio de 2017

Roque Dalton (1935-1975)





América Latina


El poeta cara a cara con la luna
fuma su margarita emocionante
bebe su dosis de palabras ajenas
vuela con sus pinceles de rocío
rasca su violincito pederasta.

Hasta que se destroza los hocicos

en el áspero muro de un cuartel.